Florencia Mendizábal brilla en el Teatro Nacional Cervantes como parte del elenco de Santos Vega, la nueva obra que reúne a casi 30 artistas en escena. La puesta empezó sus funciones a principios de septiembre y se extenderá hasta el 13 de diciembre.
“Es un proceso que se vive con mucha emoción”, cuenta la actriz. “Ya de por sí la obra es gauchesca y tiene mucha música, mucha danza, pasa por muchas situaciones emocionales por las que pasamos nosotros como actores y el público también. Además está lo lindo que tiene el teatro: en un momento donde por ahí todo tiende más al individualismo, al celular, a las pantallas, no deja de ser un espacio de encuentro, de conversación”.
Para las primeras funciones, hubo mucho acompañamiento de las familias. “Hay algo muy lindo cuando uno estrena, que es que siempre van a ver la obra las personas más queridas, tus familiares, tus amigos. Entonces, claro, los primeros días son pura emoción, porque además de estar ahí y que la obra es emotiva, salís y te encontrás con tus hijos, con tus amigas, con tu pareja. Es doblemente movilizante”, apunta Mendizábal.
Santos Vega tiene funciones de jueves a domingo y una fuerte demanda para sus intérpretes, que cantan y bailan durante las casi dos horas que dura la obra. “Se ingresa al teatro a las seis de la tarde porque hay preparación: prueba de micrófonos, vestuario, maquillaje y hay que estar listos antes de que empiece la función, que es a las ocho de la noche”, relata la actriz arequera. “Es casi una hora cincuenta de función y estamos casi todo el tiempo todos en escena. Todos los artistas hasta se cambian y se preparan en la misma escena mayormente y eso hace que esa hora cincuenta estás cantando, bailando, actuando haya una exigencia física y emocional alta, pero es algo muy bello. Uno termina una poco cansado físicamente pero contento”.
Para Mendizábal, la experiencia tiene algo de sorpresa también. “No me imaginé que iba a ser una obra tan popular cuando la leí por primera vez. La obra es en verso, está escrita en 1913 y la verdad es que pensé: ‘¿cómo van a hacer esto? ¿De qué manera se llevará adelante?’. Algunas cosas las pude imaginar, pero la virtud de los directores es todo lo que cranearon, las imágenes que generaron para esta versión, porque la obra tiene un ritmo y una vigencia inmensos. Estoy sorprendida de ver ahora con el resultado final que la obra termina siendo como una fiesta dentro del escenario y con el público. Incluso en Buenos Aires, donde hay mucho cemento y mucha gente no tiene contacto con el folclore y lo gauchesco, el público se entusiasma, se emociona y como decía el director, la obra tiene algo de viaje antropológico, porque aunque no todas las personas están en contacto con lo gauchesco y el folclore, en gran parte somos eso o nuestros antepasados están relacionados con esa historia. Algo que pasa y no me esperaba es justamente eso, que los públicos se sienten muy movilizados”.
Foto: Mauricio Cáceres para Teatro Nacional Cervantes.