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  10/03/2020 |  
  Las Mujeres y el Arraigo  
 


Por Ana Laura Fuentes, concejal del Frente de Todos.

En las ciudades del interior, la naturalización de relaciones desiguales entre hombre y mujer y el machismo son moneda corriente.

La vida social aún se encuentra atrapada en las macabras redes del patriarcado, tanto en mujeres como en hombres. Y así pasa en muchos pueblos del interior.

El feminismo avanza con espíritu transformador, transgresor y revolucionario en todo el mundo, las manifestaciones masivas en las grandes urbes, inspiran y la lucha en los pueblos conservadores se vuelve una gesta épica.

Porque la arcaica raigambre cultural impuesta por el patriarcado domina, y domina fuerte. Esa trama debe desandarse desde adentro, con militancia, con conciencia y con lucha. Desde cada uno de nuestros pueblos y ciudades.

Importar conceptos, desembarcar con programas no ha sido una fórmula exitosa para lograr transformaciones de fondo. Porque para que haya un cambio de conciencia debe haber un profundo trabajo cultural, y en este punto es vital que hablemos el mismo idioma (en términos de idiosincrasia y conocimiento de lo local), es fundamental que entendamos y compartamos códigos, es prioritario que sepamos cuál es el punto de partida para reeducarnos y deconstruirnos. 

Lo que necesitamos es construir sentido juntas, es pensar estrategias para llegar a esa mujer violentada que dice que odia al feminismo, o a esa chica que critica el feminismo pero exige acceder al empleo y se queja porque le cuesta tener un trabajo en blanco. Tenemos que trabajar estrategias inteligentes, en la medida de cada pueblo, para dar vuelta la mano.

Pensar desde el arraigo. ¿Por qué lo pensamos desde el arraigo, por qué transformar desde el arraigo?

Lo que me gustaría compartir con ustedes, es una visión del desarrollo local, regional y nacional que nos impacta como colectivo. La concentración poblacional (problema mundial) y la despoblación de las ciudades del interior la padecemos mucho más las mujeres. Somos nosotras quienes tenemos más problemas para conseguir empleo, y tenemos mayores conflictos a la hora de armar una red de contención en relación a las tareas de nuestros lugares de origen y dependiendo mucho más de los ingresos económicos. Y somos nosotras las que cobramos menos, accedemos menos a la vivienda, accedemos menos a los puestos más altos de compañías o estamentos gubernamentales, nos encontramos más vulnerables a la hora de movernos en las ciudades y padecemos más la violencia, porque la violencia es machista. Al igual que somos nosotras las que en las épocas de crisis ponemos mucho más el cuerpo para parar la olla, para acceder a la educación, a la buena alimentación, para sostener.

El flagelo de la migración tiene su contrapeso en el arraigo. Y cuando las personas se arraigan porque viven y habitan en ciudades con más y mejores servicios, con acceso a la educación, el empleo digno, a la vivienda propia, esas personas empiezan a disfrutar de plenos derechos sin la obligatoriedad de migrar.

Estadísticamente, somos más las mujeres que demandamos acceso a estos derechos, que los hombres. Nos cuesta más conseguir un trabajo digno, nos cuesta más estudiar y acomodar horarios compatibles con las tareas de cuidado, nos cuesta más acceder a la casa. Y en los pueblos del interior, de tradiciones conservadoras y absolutamente patriarcales, el trabajo es el doble.

Además, la dinámica en que se fue desarrollando la conectividad y las instituciones es patriarcal. En el acceso a la justicia, sin ir más lejos: una mujer en Areco para ir a la fiscalía más cercana a denunciar o seguir su caso por violencia de género tiene que hacer 50 km. Y no entro en detalle de los tiempos de la justicia, siempre largos, siempre injustos.

Lo que vivimos en las ciudades y pueblos del interior es una deconstrucción lenta, muchas veces en el marco del horror de que cada 10 mujeres, 6 sufrieron violencia de género en algún momento de su vida y 4 o más abusos. La mujer del interior padece el patriarcado por falta de un contexto que la contenga, de redes de contención de información sobre sus derechos, de políticas públicas aplicadas en el territorio para que se la respete. La titularidad de la tierra, el desarraigo para parir, las distancias para denunciar. Nos cuesta más todo.

Pero se puede transformar eso, se pueden hacer políticas de arraigo que tengan como principal destinatarias de las transformaciones y conquista de derechos a las mujeres. Para ello, tenemos que ponernos en clave siglo XXI y trabajar para generar y gestionar las políticas desde los gobiernos locales, con conocimiento de ese primer mostrador para la comunidad que es el municipio, y con esa gran gran capacidad de impacto directo en la vida de las personas que tenemos desde la política de cercanía.

La activa movilización política del movimiento feminista ha sabido barrerlo todo, increpar, indagar, exigir definiciones y exigir, sobre todo, nuevas educaciones. Eso nos toca, nos llega, se replica.

Transformar vidas reprimidas en vidas liberadas, crianzas machistas en crianzas respetuosas, cultura patriarcal en cultura de la liberación.

Exigimos, como mujeres, acá, desde el interior de nuestra provincia de Buenos Aires en el bicentenario de su fundación, un manifiesto que active un cambio cultural y social, que empiece en cada una de los 2.306 municipios del país, y queremos que desde los estados provinciales y nacionales nos asistan, nos acompañen y sobre todo, que caminen con nosotras. Para trabajar en la escucha y en la estrategia conjunta, porque como dice Aníbal Ford, “El mapa no es el territorio”.

Las mujeres ya no somos una minoría, somos una mayoría empoderada exigiendolo todo y queremos todo sin resignar nada.

Queremos ser madres y disputar poder al igual que nuestros compañeros de la política.

Queremos dar la teta y hacer campaña sin que nos juzguen porque nos ausentamos demasiado.

Queremos no ser madres y que nadie nos juzgue por eso.

Queremos ser madres presentes y trabajar con máximas responsabilidades.

Queremos mas intendentas, más presidentas, más legisladoras, más investigadoras, más médicas.

Queremos una red de políticas públicas que nos contenga para realizarnos y una sociedad que no nos juzgue, que se reeduque, y sobre todo, que no nos mate.

 
 
 
 
 
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